miércoles, septiembre 18, 2013

Y va mi entrada 500

no es tanto comparado con los años que pasaron. Podría sacar cuentas, pero me torra ese revisionismo hoy.
En mi casa --la idea de mi casa a partir de mis 16 años, con el local de mi madre, Pie a Tierra, ya consolidado un poco como único en su tipo-- tenías que empezar a planear tu viaje por Europa, tenías que ir asegurándote el capital y eligiendo tu derrotero. Yo quería el Reino Unido, no tenía dudas, también quería estudiar Letras pero de ambas cosas me disuadió mi padre: de lo primero porque era desaprovechar la oportunidad de tener los recursos para hacer la Europa, la oportunidad de explorar el Continente -yo quería la isla, él, el continente y fue mi padre quien ganó la partida- de lo segundo porque "te van a sacar las ganas de leer literatura". Mi padre odia los eufemismos, nunca "no se encuentra", siempre "no está", nunca "cola", siempre "culo", las cosas por su nombre con mi padre.

Así me conseguí un trabajo y unos ahorros de regalos de cumpleaños nunca usados y saqué un pasaje. Una cosa fundamental en la idea de mi casa es que se viajaba sola y un mínimo de 6 meses, mejor 9, pero con 6 ya pasabas la prueba. Ahora que lo escribo veo que era verdaderamente un viaje iniciático.
Yo me decidí por comenzar por NY, donde vivía una gran amiga de mi madre: Stephanie, quien vivía en el loft más generoso de Mercer y Grand. Ahí había gente durmiendo hasta en la mesa de pool y más de una veintena de perros y gatos. Para mí era sin lugar a dudas un lugar muy familiar. El viaje por esa razón empezó muy bien, hasta con un affaire amoroso que yo añoraba. Me despedí después de 2 semanas y partí a Londres.

Ahí la cosa se empezó a nublar. Fui a un hostel en un Brixton nada gentrificado, era el hostel más barato de la Let's Go Europe, tan popular por esos años noventa. Más que un hostel parecía un refugio. En mi habitación había una mujer en pleno ataque de pánico que no dejaba de llorar. Yo recuerdo el Hyde Park, mirar fijo a los patos y estar muy lejos de las cosas, una distancia y extrañamiento que no había sentido antes. Pero seguí viaje, me mudé a un típico hostel por Earl's Court manejado por hindués. Ahí conocí a Victoria, una de mis amigas más queridas. Varios años mayor que yo, pero con muchas correspondencias.
Se fueron las nubes en Londres, comía orejones y disfrutaba la ciudad. De ahí seguimos a París, a la Association de Etudiantes Protestants en el número 46 de la Rue Vaugirard. Era enfrente de los Jardines de Luxemburgo y no se podía pedir nada más.

Victoria se fue y afortunadamente ahí conocí a mi otra gran amiga, Amanda Litchenstein, una de las personas con más entrega que conozco, quien varios años más tarde me visitó en Buenos Aires en pleno corralito, en una ciudad laboratorio. También viajó a México hace algunos años.

Pero volvamos a 1996. Tuvimos grandes charlas en esas monumentales habitaciones con viasta al hermoso patio empedrado, y decidí acompañarla en su visita a Marla en Amsterdam. Lástima no tener las cartas acá, ni las fotos. Ese hostel de la Rue Vuagirard no existe más, pero acá encontré una foto que no le hace honra.

Amsterdam me gustó mucho, especialmente sus yogures naturales, hamburguesas de atún y el albergue donde nos quedamos. Era lo que en alemán se llama un Wohngemeinshaft: una casa de estudiantes. El novio de Marla era un alto y espigado holandés, conflictuado profesor de latín o simple catedrático, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que la relación de Amanda y Marla se fue deshilachando, no parecían tener mucho en común o más bien no parecían haber revisitado sus correspondencias. En cambio, Marla y yo fluíamos muy bien. Aunque el novio de Marla confesó tener un crush conmigo por recordarle a una ex novia, con una nacionalidad oriental, aunque no de Asia; alguna chica con piel oscura y cejas fuertes, seguro.

Ahora el romance de Marla se comenzó a diluir. Hacíamos paseos en bicicleta los tres, había algo desubicado en la escena, algo siempre fuera de lugar. Amanda se fue y yo prolongué mi estadía en la ciudad. Me acabo de acordar del nombre del novio de marla, medio impronunciable, "gjus" o algo así. Gjus me presentó los brown cafés, con su inefable gezelling. 

Y llegó el momento de irme. Ahora era el turno de Berlín, la ciudad que me cautivó para siempre.
El muro se había caido hacía pocos años y yo me quedé en la casa de Andreas, un Andreas con mucho sentido del humor y sensibilidad. Había otro chico también, aunque no recuerdo su nombre, sólo recuerdo la novia de él: una turca muy atractiva que usaba unos mamelucos de jean.

En Berlín empecé a mirar más el cielo y era marzo: visité las piletas públicas, los parques cuando se ponía el sol, los supermercado con los productos directo en sus cajas, tipo Día, algo que era totalmente nuevo para mí las casas ocupadas en Kreuzberg. Berlín se aparece siempre con el sol poniéndose y la distancia, ese enrarecimiento que había sentido en Londres, volvió y ya no se fue. No podía dormir, ni comer. Llamé a Buenos Aires y en mi casa me decían: "Andá a Praga. Vas a ver", "Andá a Budapest", "Andá a Estambul". En mi casa no estaba mi padre, hacía ya muchos años, que él conformaba otro mundo y lo llamé. Me dijo: "Volvé". Y fue un verdadero alivio, ya estaba iniciada.

Volví a Buenos Aires en medio de un cuatrimestre ya empezado y sin mucho que hacer, aunque pronto me mejoré y me sentí cerca de las cosas. Tuve un pequeño idilio que me vino muy bien y luego empecé a estudiar alemán, algo que había querido hacer desde chica pero era casi taboo por el nazismo. También en el segundo cuatrimestre empecé el equivocado camino de la filosofía. Mis compañeros eran por momentos perros abandonados que irrumpían el aula, o mujeres maduras que creían en los duendes. Sólo tuve un compañero, llamado Germán, con quien se podía conversar. No había gente, parecía el camino más solitario.

Cuando me pasé a Letras, fue otro alivio, conocí bastante gente y me sentí mucho más en piel. Además, había tanta diversidad, tantas vertientes, tantas tentaciones. Letras no me sacó las ganas de escribir, para nada, más bien me ayudó a organizar mis ideas y mis prioridades. Ahora después de una década de haberme recibido estoy volviendo. Es muy raro ir a una fotocopiadora y leer apuntes, tiene algo demodé pero urgente al mismo tiempo. Conocí a una profesora que me está cautivando y es tan placentero sentirse arrastrada hacia la lectura y escritura.

El domingo terminé de leer Just Kids, fue un llanto como los del cine que me acompañó en las últimas 30 páginas. No recuerdo que un libro me hiciera llorar tanto. Tal vez me equivoque, como seguramente haya errado los nombres y los lugares de ese viaje Let's Go Europe 1996.  



  
         
 

5 comentarios:

Laura B. dijo...

Me encantó esto. Los viajes iniciáticos -los viajes- dejan una impronta tremenda.
Letras me seduce y me produce un poco de rechazo en iguales proporciones. Siempre pensé que se perdería algo de la magia. Me alegro mucho que no haya sido tu caso.

Besos van!

inés dijo...

Qué lindo estudiar de grande.

Anónimo dijo...

yo tengo otro recuerdo, con otros eslabones. Nunca voy a olvidar que finalmente te dije "te voy a buscar a Frankfurt" y me dijiste "no hace falta, ahora que sé que vuelvo estoy bien".

Anónimo dijo...

gra! cuantos recuerdos!
me hiciste volver a viajar con tu relato
beso! vic

Anónimo dijo...

Me hubiese encantado viajar. Lo bien que hiciste.